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Las mariposas son, indudablemente, uno de los grupos de insectos más atractivos para el hombre. Este interés que nos despierta, ha hecho que actualmente tengamos a nuestra disposición gran variedad de guías e información taxonómica, que nos permite identificar las especies que pueblan nuestro entorno fácilmente.

Pero el interés en el seguimiento de mariposas va mucho más allá del mero aspecto estético. Las mariposas son insectos holometábolos, es decir, que desde la eclosión del huevo hasta convertirse en mariposas adultas, deben pasar por una fase de alimentación como larva u oruga. En esta etapa suelen estar ligadas a un tipo de vegetación o una planta nutricia específica de la que se alimentan, estableciendo fuertes relaciones entre las plantas y las orugas. Además, muchas especies crean relaciones simbióticas con hormigas para que garanticen su supervivencia como oruga. 


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El tiempo que tarda una mariposa en concluir su ciclo vital suele ser breve, pudiendo producirse varias generaciones en un solo año, dependiendo de las especies y de las condiciones climáticas.

Por estos motivos, las mariposas son unos perfectos bioindicadores, tanto de cambios locales -cambios en los usos del suelo o en la composición vegetal-, como de cambios globales, como el calentamiento global.


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No en vano las mariposas son el segundo grupo animal del que más información se tiene a nivel europeo. Los programas de seguimiento de mariposas comenzaron en Reino Unido en la década de los 70 y fueron extendiéndose por todo el continente hasta nuestros días. Gracias a todo este volumen de información, pueden crearse índices o indicadores que nos permitan conocer la evolución de sus poblaciones, de los hábitats que ocupan o del cambio climático.